Ciudad y alma

Hoja de TET / noviembre 2001.

Parece presuntuoso para un psicólogo de la profundidad que trabaja con el alma referirse al tema de la ciudad, cuando se sitúa frente a un grupo de expertos. La obra de la sicología, obra del alma, se encuentra notoriamente encerrada y guardada en el consultorio: dos personas en sus  sillones, lejos y por encima de la calle. Ni siquiera el teléfono interrumpe. Sin embargo, lo que entra en el consultorio es la calle: la madre, sujeto de beneficencia en la confusión de la devastación urbana, la matrona suburbana deprimida, el delincuente, el fugitivo, el adicto y el helado hombre por el éxito, incansable de aeropuerto en aeropuerto e inclinado infernalmente hacia el suicidio. Nuestro trabajo es con gente de la ciudad y la ciudad está en el alma de nuestros clientes, así que por supuesto, es en las grandes ciudades donde se nos encuentra a los psicólogos profundos. No se encontrará a muchos de nosotros en las poblaciones pequeñas. Los fundadores de nuestro campo vieron sus escuelas bautizadas con el nombre de sus ciudades: París, Nancy, Viena, Zurch, como para confirmar que el trabajo del alma pertenece a  la cultura de la ciudad.

A causa de que la sicología pertenece a las ciudades, ha habido argumentos que culpan a la vida de la ciudad por la enfermedad psíquica. En el siglo XVIII fueron las factorías y la pobreza, o el chocolate y el lujo. En el siglo XIX, la rápida locomoción de los viajes en tren, el aire malo y el hacinamiento, los paraguas y el leer demasiado; en breve, lo que la psiquiatría británica, en 1867, llamaba la “febril actividad de la vida” que causaba tensión psíquica. Un psiquiatra francés, en 1819, decía: “Ciudades de cuatrocientos mil a quinientos mil habitantes son desviaciones de la naturaleza”. El alma sufre de tensión urbana. Una de las fantasías favoritas de la humanidad es que el alma está mejor en la naturaleza y debe retroceder al ritmo de la naturaleza, porque en las ciudades, la psique se vuelve sofisticada y corrupta. Ya en el año 2600 AC, el Emperador Amarillo de China se lamentaba de las conductas desordenadas e intemperadas de su civilización, comparadas con las de eras más antiguas. Hábitos erróneos en cuanto al dormir, al comer, al sexo y la bebida aparecen ya entonces, hace 4500 años, en los albores de la historia. Claramente, alguna parte del alma humana imagina una vida mejor y más verdadera “de regreso a la naturaleza”, lejos de la ciudad. Estadísticamente, una tercera parte en nosotros, quiere salirse, siguiendo un impulso urgente que carece de base racional. Si debemos culpar a alguien de la ruina de los centros de las ciudades, entonces culpemos a J. J. Rousseau, mi compatriota suizo, que evocó los sentimientos de retorno a la naturaleza y sacó a nuestro corazón fuera de la ciudad.

Ahora bien, yo no acepto de ninguna manera esta visión anti –ciudad y les advierto que no hay que dejarse atrapar por su encanto sentimental. Ella coloca a la ciudad y al alma en campos oponentes, dando por resultado ciudades sin alma y almas sin ciudad, almas incivilizadas, simples animales romantizados, bárbaros, que abandonarían la civilización por una celda eremita o por un rincón hippie en medio de la selva. Una ecología que restaure el alma no tiene lugar solamente en las altas serranías, fuera y lejos de todo; restauramos el alma cuando restauramos la ciudad en nuestros corazones individuales y el coraje, el amor y la imaginación que aportamos a la civilización.

Recordemos que la palabra “alma” regresó a nuestro vocabulario popular desde las calles de las grandes ciudades hirientes, de su música “soul”, de su alimento “soul” y de sus hermanos “soul”.

He entendido mi trabajo hoy como una reafirmación de la conexión alma-ciudad. Me gustaría hacerlo mostrando a grandes rasgos, dónde y cómo el alma existe en la ciudad. Para esto, debemos apoyarnos en algunas ideas e imágenes tradicionales del alma.

La primera es la idea de reflexión. El alma ha sido siempre asociada con la parte reflexiva en nosotros o con la función reflexiva. Esta aparece construida en nuestras ciudades en los espejos de agua, paseos, penumbras, sombras, en los cuales ocurre la reflexión. Vidrios y espejos especialmente, posibilitan la reflexión. Pero los espejos siempre han tenido otra asociación en el simbolismo tradicional, no sólo con la reflexión, sino también con la vanidad y narciso.

Así pues, hay peligro de una vacía vanidad y superficialidad en el uso de los planos de vidrio-espejo, en el caso de que ellos sólo se reflejen a si mismos o si sólo se reflejan unos a otros. El vidrio debería ser usado para el alma; debería profundizar y complicar o complejizar el sentido nuestra ciudad, reflejando alguna dimensión más profunda y sólo deslumbrando; si es que ha de tocar al alma.

En segundo lugar, el alma, aún desde los primeros griegos, estuvo asociada con la idea de profundidad. Necesitamos niveles. Es muy duro para la ciudad ir concretamente hacia lo profundo: los estratos se resisten y los cambios en la temperatura del suelo son extremos. Así pues, tendríamos que imaginar la creación de la profundidad por medio de niveles, que pueden ser experienciados  de maneras diferentes, tales como niveles de luz, matices de luz que den la impresión de nivelación y profundidad.

Las cualidades de texturas y materiales contrastantes también pueden ofrecer variedades de profundidad. A través del estrechamiento como intensificación, del ir más allá dentro de una cosa, se obtiene un sentido de profundización. El callejón como lugar de lo profundo, el corazón, es la parte oscura de la ciudad, el misterio de la ciudad. Estoy seguro que hoy en día nadie habla a favor de los callejones y que todo el mundo desea abrirlos o iluminarlos; pero el callejón y el camino angosto, doblándose y torciéndose, son unos de los modos de intensificar y aportar una dimensión en profundidad. Tenemos además la interiorización: enfatizar la interioridad de donde uno está o de lo que está frente a uno. Ir hacia los significados más profundos, las complejidades más profundas de algo, de tal manera que cada vez que se le vea o se entre en él, éste adquiera otro nivel de significación.

Cuando se mira una pintura, al principio es sólo una superficie plana; y sin embargo, hay profundidad dentro de ella. Cada vez que uno se compromete con ella, ésta se hace más profunda y uno se hace más profundo. Hay siempre peligro para el alma, si sólo se asciende, esto es, si uno enfatiza el perfil de la ciudad, sus torres, y no mantiene sus alturas en relación con sus profundidades.

Una tercera idea tradicional del alma, tiene que ver con la memoria emocional. Experiencias emocionales: cosas que le importan a uno en su propia vida; cosas que le importan a la comunidad, su historia.

Tenemos memorias emocionales en nuestras ciudades, en los parques, estatuas y memoriales de guerra, legado de la sabiduría de los fundadores. Las viejas ciudades fueron originalmente construidas sobre los túmulos ó montículos funerarios del fundador de la familia, del clan o de la ciudad.

Encontramos la memoria de los héroes locales en la nomenclatura de los lugares, que así rinden tributo a las emociones que ocurrieron en el pasado y sobre las cuales la ciudad está fundada. La ciudad entonces, es una historia que nos habla de si misma a medida que la recorremos. Significa algo, resuena con profundidad desde el pasado. Hay una presencia de la historia en la ciudad. Hay mucho menos presencia de la historia en el campo, excepto la indicada por el rastrillo especial en el sendero, un pedazo de madera en particular, el nombre de un campo, o esta o aquella grieta que cambia de dirección. El alma nos es recordada aún más por la experiencia emocional de la tragedia. La ciudad es un MEMENTO MORI,  con lugares que recuerdan la muerte. Remembranzas de episodios particulares oscuros llaman la atención acerca de la mortalidad de la vida. Así, las ciudades tienen cementerios, tienen altares, clínicas, santuarios, asilos, prisiones y aún, lugares donde han ocurrido asesinatos ominosos. Este lado de la vida humana nos recuerda el alma, de modo que la ciudad que habla al alma y del alma, no deja nada afuera. No es solamente que una plaza haya de ser abierta, sino el hecho de que nada es excluido, que la ciudad abraza todos los aspectos del alma humana—sus zonas rojas y cafés tristes—. Entonces nos recordamos, como cuando éramos niños, de aquellos lugares en nosotros, que llamamos “excepcionales”, pero que una vez fueron llamados inválidos, locos, ciegos o sordomudos. Palabras éstas mucho más vívidas y conmovedoras para el alma. La tragedia pertenece a la vida del alma, el MEMENTO MORI.

En cuarto lugar, el alma tiende a animar, a imaginar por medio de imágenes y símbolos. Las palabras BILD (imagen) y BILDUNG (cultura o educación moral) en alemán, están tan próximamente relacionadas como lo están las palabras culto y cultura; y nuestra palabra animar, deriva directamente de la palabra latina “anima” que designa al alma. Una ciudad que tenga cultura necesita estar animada por imágenes. Tendríamos que comenzar por hacer el inventario de la clase de imágenes que justamente se han ya convertido en objetos de culto en nuestras ciudades, porque ellas son parte inherente de su cultura.

Sin imágenes, tendemos a perder nuestro camino. Como ocurre, por ejemplo, en las autopistas. Signos rectangulares, uniformes en tamaño y todos pintados de verde (o todos pintados de marrón), en el caso de los aeropuertos) con números y letras, no con imágenes, sino con conceptos verbales ampliados. No sabemos donde estamos, excepto por medio de un proceso abstracto de lectura y pensamiento, recuerdo y traducción. Todo ojo y cabeza. Se ha perdido el sentido corporal de orientación. Hasta podríamos consumir menos gasolina —a causa de tantas equivocaciones– si nuestra ruta a través de la ciudad estuviera marcada por imágenes como las viejas encrucijadas: el árbol del ahorcado, el signo del buey rojo, la fuente.

El alma quiere sus imágenes y cuando las encuentra, construye sustitutos; por ejemplo, pancartas, vallas y pintas. Hasta en Alemania Oriental y en China, donde no se permiten anuncios, todavía se escriben consignas enormes en las paredes y se pegan afiches. Espontáneamente, la mano humana deja huella, insistiendo en los mensajes personalizados, pues la naturaleza humana en todas partes se apresura a marcar sus iniciales en los monumentos. Estas marcas en los lugares públicos, llamadas deterioro de los monumentos, en realidad dan una cara a la pared despersonalizada o a la estatua descomunal. La mano humana parece querer tocar y dejar su toque, aunque sea mediante pegostes obscenos o garabatos feos. Así pues, asegurémosnos de que la mano tiene su lugar en la ciudad, no solamente en las tiendas para artesanos y en las exposiciones de oficios, sino también animando y aportando cultura a las paredes y piedras y espacios dejados áridamente fuera del toque de la mano humana. Ciertamente, así, las obras maestras de la forma ingenieril y de la inspiración arquitectónica de la ciudad, no se verían deterioradas por la presencia de imágenes que, a través de la mano, reflejan el “alma”.

La última de estas diferentes ideas del alma reflejadas en una ciudad, es la noción de las relaciones humanas. Esto es probablemente, lo primero que nos viene a la mente cuando pensamos en el alma —las relaciones entre seres humanos, a nivel de ojo, en especial—. Cuando pensamos en las ciudades, nuestro contacto con ellas (por ejemplo con New York) consiste en echar el cuello hacia atrás. El desprevenido turista va a New York a mirar sus maravillas y termina sus vacaciones con tortículis. Sin embargo, la relación a nivel de ojo entre los seres humanaos es una parte fundamental del alma en las ciudades. Las caras de las cosas —sus superficies, sus revestimientos— y el modo como leemos lo que nos alcanza a nivel de ojo. Como vemos a través de los otros, como vemos a los otros, cómo nos leemos unos a otros – es así como en el alma tiene lugar el contacto. Así pues, una ciudad necesitaría lugares para estos contactos humanos a nivel de ojo. Lugares de encuentro. Un encuentro, no sólo es público, es también , encontrarse en público; la gente encontrándose con la gente. Deteniéndose, donde es posible, para tener un momento de toque a nivel de ojo. Si la ciudad no tiene lugares para detenerse y hacer pausa, ¿cómo es posible el encuentro? Caminar, comer, hablar, chismorrear. En la vida de la ciudad son terriblemente importantes los lugares donde pueda ocurrir el chismorreo. La gente se detiene al borde del espejo de agua y comenta sobre lo que está pasando y ese chismorreo es la vida de la ciudad. Hablamos distinto detrás de un escritorio que cuando lo hacemos en el rincón de un café.

Quién vio a quién, dónde, qué, que hay de nuevo, que está pasando —he aquí algo de la vida psicológica de la ciudad—. Ese viñedo del chisme (los viñedos siempre están fuera del límite de la ciudad  ¿no es así?).

También necesitamos lugares del cuerpo. Lugares donde los cuerpos se vean unos a otros, se encuentren, se conecten; como la gente que sale de sus oficinas en París y nada en el Sena o, en Zurich, donde a la hora del almuerzo se nada en el lago, o se patina. Esto enfatiza la relación del cuerpo con la vida diaria de la ciudad, aportando nuestro cuerpo físico a la ciudad. En otras palabras, se trata de enfatizar el lugar para la intimidad dentro de la ciudad, porque la intimidad es crucial para el alma. Cuando pensamos en el alma y en sus conexiones, pensamos en la intimidad y esto no tiene nada que ver con cuán grande es la ciudad o cuán altos sus edificios. Siempre hay la posibilidad de rincones, de pausas, para juntarse en espacios fragmentados, donde la intimidad es posible.

Usemos, como imagen de este aspecto del alma en la ciudad, la calle de los enamorados. Si imaginamos una ciudad como lugar para los amantes,  tal vez se entienda la idea que estoy tratando de expresar. Yo no creo que el amor interfiera con los negocios o la eficiencia, o con los impuestos y las ventas al detal, o con cualquier otra cosa de este tipo —de ninguna manera— Yo creo que una ciudad está construida sobre relaciones humanas, de gente juntándose, y todo esto incrementaría las cosas mismas que son deseables en una ciudad. Así pues, se trata de nuevo, de no romper en dos, esto es: trabajo y placer, ciudad y alma, tiempo diario público y tiempo nocturno privado, porque estas rupturas arrancan al alma de la ciudad. Siempre ha habido lugares construidos dentro de la ciudad. Sólo recientemente, por supuesto, pensamos que el propósito de las ciudades es económico o político. Desde el principio, el propósito de las ciudades era algo instintivo que impelía a los seres humanos a construirlas: querer estar juntos, imaginar, hablar, hacer e intercambiar. Se necesitan las así llamadas plazas de mercado, lugares donde la pausa puede ocurrir. La pausa para el café o el bar, la cervecería, el cafecito mañanero o la venta de sandwiches, o el vestuario, la pista de patinaje o simplemente, un banco al sol donde es posible una pausa dentro de las obligaciones y las luchas cotidianas.

Mi trabajo hoy, ha sido el de hablar por la psique. Así pues, debo hacer una advertencia de su parte y a su favor. Una ciudad del espíritu maravilloso no es suficiente. No son suficientes, palacios y monumentos, museos, catedrales y salas que tienden hacia el cielo. Una ciudad que descuida el bienestar del alma, hace que el alma busque este bienestar de una manera concreta y degradante, a la sombra de esas mismas torres resplandecientes. La beneficencia, fenómeno propio del interior de la ciudad, no es sólo un problema económico y social, sino que es, predominantemente, un problema psicológico. El alma que no recibe cuidados —sea en la vida personal o en la comunitaria— se convierte en un niño enfurecido. Asalta a la ciudad que la ha despersonalizado con la furia despersonalizada, con violencia contra los mismos objetos —vidrieras de tiendas, monumentos en los parques, edificios públicos— que testimonian la uniforme ausencia del alma. Lo que los habitantes de la ciudad, en su furia, han decidido atacar recientemente y lo que han decidido defender (árboles, casas viejas y barrios), es significativo.

En una época, los bárbaros que atacaban la civilización venían desde fuera de sus murallas. Hoy, saltan desde nuestros propios regazos, educados en nuestros propios hogares. El bárbaro es esa parte de nosotros a la cual la ciudad no habla, esa alma en nosotros que no ha encontrado un hogar en su entorno. La frustración de esa alma frente a la uniformidad y a la impersonalidad de las grandes paredes y torres, destruye como un bárbaro, lo que no puede comprender, las estructuras que representan los logros de la mente, el poder de la voluntad y la magnificencia del espíritu, pero que no reflejan las necesidades del alma. Por nuestra salud psíquica y el bienestar de nuestra ciudad, continuemos tratando de encontrar modos de hacer lugar para el alma.

JAMES HILLMAN
J.H.
TRAD: JTD


Artículo en versión pdf:
CiudadYAlmaJamesHillman

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