La existencia como ejercicio de estilo

“La literatura no me ha conducido a nada en absoluto”

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“Yo considero que vivir no es una cosa natural”

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“Hay algo que me reconforta: saber que las experiencias de los místicos son totalmente reales”


 

Entrevista con Eugene Ionesco

                                                           María Dolores Aguilera

Siempre estoy preparando algo, observa Eugéne Ionesco, casi solemne, alzando ligeramente el mentón; diminuta arrogancia de quien piensa que los otros piensan que debe estar a punto de decir algo importante; y él, temeroso de nada, dispone su perfil, arrastra un poco más las sílabas , y sus facciones, de una extraña pureza guiñolesca, se espesan, sin sospechar siquiera que la insolencia y la arrogancia están del otro lado. A estas alturas él sabe qué contestar a cuantas profundidades proponen los encuestadores de espíritus. Ese es un buen entrenamiento para soltar los pros y contras que los otros buscan, como las invitaciones a conferencias, seminarios, que después de tantos años siguen intactas y que acepta, pues le gusta viajar. Habiendo dicho tanto, y tan innecesario, qué va a decir ahora, cuando hasta la noción de absurdo (la de Camus, no la que el crítico inglés Martín Esslin aplicara a cierto teatro) parece más y más absurda a medida que pasa, que ha pasado de la fascinación fulgurante a la evidencia.

Ionesco se siente desgraciado, como siempre, y como siempre la tenue euforia con que la mañana deletrea su pequeño catálogo de expectativas, declina inexorablemente con el día; aguarda entonces, en vano, un cortejo de algo que ni en sueños llega, hasta que vuelva el día, los achaques y otra vez el otra vez. Al filo de una cita de la que ningún pretexto podrá librarle, Ionesco se siente triste, a medias, incómodo. Ha dejado de gustarle vivir en su casa de al lado de La Coupole, tampoco le gustaría vivir en otra parte. Mientras, el sonido y la furia siguen acudiendo a su mente como la primera, repetida referencia.

Se ríe con ganas, como de esas viejas historias que uno creía olvidadas, cuando se le recuerda lo de los ingleses, o lo del inglés para ser precisos; en los años cincuenta, a punto de estrenarse en Londres La Lección, su director se negó a que murieran cada noche en escena cuarenta muchachitas, ah no, eso no podía ser, así que se redujo a cuatro el número de damiselas que morían en el escenario. Sí, he aceptado algunas cosas de esas, apunta Ionesco. Como lo de la Academia; todavía la gente se pregunta por qué consintió en abonarse a la lista de inmortales de ocasión; me lo pidieron con tanta insistencia los amigos, arguye él, que no supe negarme; principio de razón suficiente.

Y Rodika, su mujer, la sombra menuda en sus talones, desde siempre, diciéndole a once mil metros de altura, en un vuelo trasatlántico, si tomas un trago me voy, y él muriéndose de la risa al imaginar cómo iba a arreglárselas para cumplir su amenaza. Ionesco, el humor, un humor hasta cándido de puro indeliberado, que surge en la cúspide de la seriedad, minándola. Pocos han registrado el componente cómico, de verdadero chiste, que se agazapa en toda tragedia. En Ionesco eso aparece, disparatado. Decir nada, como todos, o mucho, qué más da, ahora.

En el pequeño teatro de la Huchette, ochenta plazas, siguen representándose cada noche La Cantante Calva y La Lección. Por ese pequeño templo han pasado ya dos generaciones de actores y otras tantas de espectadores, desde que la suerte diera un revés al perfecto fracaso del 11 de mayo de 1950, noche del estreno de la primera de ellas. Al principio, los actores se pasaban la tarde paseando pancartas de reclamo y, por la noche, si a la hora prevista para el comienzo de la representación no se habían vendido siquiera tres entradas, se suspendía aquella. Cuenta que Beckett acudió tres días seguidos sin éxito, pues era el único espectador. Godot estaba ya en el horno.

Hace unos trece años Ionesco tomó el pincel urgido por un editor empeñado en que ilustrara ciertos textos propios. Continuó, ensayó el color, ha hecho alguna exposición. Los dibujos que reproducimos fueron realizados hace trece años.


Se trata, en realidad, de una querella, una querella mantenida desde siempre, que vuelve ahora en los sueños, con mis padres, mis amigos, mis enemigos, personas que han muerto hace mucho tiempo, veinte o treinta años incluso. Estoy recogiendo todo eso en una obra que me gustaría que resultase completamente onírica también desde el punto de vista del lenguaje. Creo con Jung que el sueño es un drama del que somos a la vez el autor, actor y público. Siempre se está en situación en el sueño, siempre es dramático y tiene, además, el mérito de no ser ideológico; en modo alguno, no es propaganda, es la expresión de nuestras pasiones, de nuestros problemas, de nuestras obsesiones más sinceras. No ilustran ninguna idea, ninguna concepción, son dramas en estado puro, dramas íntimos en la medida en que registran nuestras angustias existenciales, nuestras culpas. Así, yo quiero pagar algo a la gente con la que sueño, o sea que siento una culpabilidad respecto a ellos, una deuda que nunca llego a pagar, pues en mi sueño les doy siempre moneda falsa y ellos se dan cuenta y me lo reprochan.

Como maleza de claves a explorar, los sueños van perdiendo prestigio, incluso como materia literaria.

A pesar de todo los sueños son muy importantes. En esta pieza que estoy escribiendo son personajes y situaciones similares a los de siempre, variaciones sobre un mismo tema, podría decirse. Ha habido un progreso ya que toda la obra acaba con un gran discurso incoherente, un monólogo del soñador; en otras piezas había elementos oníricos, pero se conservaba el leguaje más o menos realista, cotidiano; en ésta es absolutamente incoherente, como el propio lenguaje del sueño. Los sueños tienen siempre significaciones de las que uno no es dueño y que pueden desvelarse después, pero siempre significan algo a pesar de sí mismo. A fin de cuentas, el realismo no es lo real, es un ejercicio de estilo. Y antes yo mismo hacía ejercicios de estilo, juegos de palabras, crítica del lenguaje, todo ello en el nivel superior de la conciencia, mientras que ahora me sumerjo en los abismos, en las profundidades.

¿A qué le ha conducido la literatura?

A nada.

Es una nada calificable, se puede decir que sea pesada, o más dulce que en otras épocas…

Nada, ninguna iluminación, ninguna libertad, ninguna respuesta, son preguntas sin respuestas.

Alguien ha dicho que hacer preguntas para las que se sabe que no hay respuestas es hacer retórica.

Hacer preguntas que no tienen respuesta es a pesar de todo una respuesta, una no-respuesta que es una especie de respuesta, de respuesta paradójica si se quiere. Le voy a contar una anécdota: en una de esas conferencias en las que me dicen “monsieur”, una señora con sonrisa mundana me preguntó un día ¿realmente usted es tan pesimista? Pues bien, me parece que esa señora es tonta, inconsciente, como la mayoría de la gente, pues cómo no ser pesimista, cómo se puede ser indiferente. Esta señora, igual que todo el mundo, posee en el interior de sí misma, en la zona más profunda, una conciencia aguda y verdadera de lo que ocurre, pues el sueño es la soledad, pero una soledad en la que no se está solo, sino frente al mundo y a uno mismo. Y si no nos acordamos de nuestros sueños es sin duda alguna por autodefensa.

Existe una sensación bastante generalizada de que el mundo, tal como le conocemos, no da más de sí, que esto se acaba, tal vez porque estamos al cabo de un siglo y el catastrofismo es puntual. Usted, sin embargo, ha vivido dos guerras mundiales y acaso piense que es la crisis de siempre, cíclica.

No, no, jamás la humanidad había atravesado por una crisis parecida a la actual; las pasiones no han estado nunca tan exacerbadas, jamás el hombre ha sido tan feroz para el hombre. Ahora, el hombre quiere destruir al hombre y destruirse en los otros, destruirse a sí mismo. Las ideologías están caducas, ya no hay voces ni orientaciones plausibles y quien cree tener una sabe en el fondo que todo es catastrófico.

Pero la condición humana es inadmisible, usted lo ha dicho; esa catástrofe puede ser una esperanza.

Por el momento la condición humana es absolutamente imposible. Las sociedades, por su parte, no marchan y cuando a una la sustituye otra forma de sociedad resulta aún peor. Yo creo, no obstante, que habrá tal vez una iluminación, no sé de qué tipo, y sigo esperando en esa persona, esa conciencia suprema llamada Dios.

Usted cree, entonces.

Yo espero, yo querría creer.

Esa presencia tal vez se ha agrandado, con el tiempo.

Siempre ha sido una llamada, una llamada por mi parte a la que tengo la impresión de que no ha contestado todavía, parece que nunca es demasiado tarde, que puede esperarse una respuesta, una esperanza incluso al final de la vida.

Siendo muy joven usted tuvo una experiencia mística ¿se ha repetido?

Sí, un deslumbramiento, cuando tenía diecisiete o dieciocho años. Era una mañana de verano, yo me sentí invadido por una luz que era más grande que la luz del sol. Tuve el sentimiento de una presencia y sentí que esta presencia era reconfortante y que siempre recordaría esta experiencia, una experiencia que me sostenía, que me ha sostenido, que me proporcionó una certidumbre, entre comillas, porque no sé de qué certidumbre se trataba, pero se trataba de una certidumbre, y me dije que cuando estuviese muy afligido, sintiéndome en la ausencia de todo, iba a recordar aquel momento y sería reconfortado. Pero eso no lo he logrado, cuando recuerdo aquel instante me doy cuenta que no es sino el recuerdo de un recuerdo, de un recuerdo, y eso no es gran caso, no me da gran, incluso nada; un recuerdo seco. De lo que estoy completamente seguro es de que todos, San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux, Bernardette de Lourdes…, todos, han tenido experiencias que son indiscutibles, completamente auténticas. Además, yo creo que he olvidado algo y estoy en su busca, intento descubrir lo que había en eso que ahora es un olvido.

Usted ha sido un gran frecuentador de alcoholes.

Si, he hecho experiencias con el alcohol y, no propiamente con droga, sino con un producto que era una mezcla de barbitúricos y anfetaminas. Eso me proporcionaba un equilibrio y una serenidad perfecta que no duraban, sin embargo, más que unas doce horas. Después volvía a rodar por la angustia aún con más fuerza, así que renuncié a esta experiencia. El alcohol me hacía olvidar por el momento, pero después recaía en un abismo de desesperación enorme y, además, los años y esas cosas; también he tenido que renunciar. Tengo la impresión de que todo puede desaparecer, a cada instante, ¿Dónde se encuentra el pasado?, no hay ninguna traza en la memoria, ¿dónde están los días, esos momentos que fueron el presente?, no hay ya nada.

Quizás al final tampoco ocurra nada.

Es posible, al final tampoco ocurre nada, quizás.

Volvamos, si le parece, al teatro. ¿Se siente cómodo en el llamado teatro del absurdo? Sófocles, Shakespeare, debieron sentir cosas parecidas, aunque eso en los años cincuenta poseyera la euforia de la vanguardia, de lo nuevo.

Lo de teatro del absurdo fue una invención de un crítico inglés; bueno, él pensaba que inventaba algo, pues creyó que el absurdo era un estilo literario como el romanticismo o el dadaísmo o el surrealismo o el naturalismo. Sin embargo, era algo mucho más profundo, más fundamental. Era una forma de ver la vida y la noción de absurdo era para nosotros algo más que una idea, una simple idea sobre la que se hilvanan otras; era algo esencial y sin esperanza. Lamartine y Hugo y luego Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé han hablado de desesperación y de muerte, aunque los tres últimos más que hablar fueron ellos mismos la angustia, el desaliento. Se hablaba de absurdo, pero eran florituras; en los años cincuenta, en esa época, el absurdo era una realidad auténtica que vivíamos escritores como Beckett, Adamov o yo mismo.

En un artículo muy reciente tildaba usted a los personajes de Beckett de pequeños burgueses y al propio Beckett de literato, además de acusarle de utilizar sus angustias, sus depresiones, con fines exclusivamente literarios y de estar por completo integrado en la cultura, cuando la escriben con mayúscula. Tal vez sea lo único que les emparente, pero esa caracterización podría aplicársele como mínimo a ambos, a Beckett y a Ionesco.

Por supuesto, al escribir eso lo decía también de mí mismo. Al fin y al cabo, ni él ni yo hemos tenido la fuerza de mantenernos en el silencio. Yo hubiera hecho mejor callándome. Lo del absurdo, volviendo a ello, expresaba algo para nosotros, tenía una significación.

Las hipótesis, las conjeturas acerca de una significación casi siempre son bellas, además de necesarias.

Sí, debe haber una significación, yo he pensado siempre que la más verosímil es la del infierno, que esto es el infierno o por lo menos el purgatorio, donde expiamos culpas cuyo origen desconocemos. He estado de manera permanente en la angustia, lo estoy aún, sólo me salva de vez en cuando un sentimiento de extrañeza que va más allá de toda cuestión, de toda respuesta, y que a pesar de todo resulta favorable y benéfico.

¿Qué le extraña?

Y que haya algo, algo más bien que nada. Yo considero que vivir es una cosa que no es natural.

¿No se ha sentido nunca un poco ingenuo?

Todos lo somos, creo yo. Lo que espero es reencontrar una ingenuidad que responda a esa extrañeza, una ingenuidad en la contemplación, una ingenuidad generadora de sentimientos a veces positivos. Creo que todas las miles de páginas que han escrito los filósofos y los teólogos no resuelven nada, en realidad están llenas de preguntas ingenuas que han perdido su inocencia a causa de la erudición y del lenguaje cada vez más técnico, más complicado, un lenguaje que tapa la ingenuidad pero no la encubre. En el fondo, cuando no se tiene ya esa ingenuidad, se refugia uno en la erudición, lo cual no quiere decir nada. Sí, hay algo que me reconforta; saber, estar seguro que las experiencias de los místicos son totalmente reales y expresan realidades indiscutibles.

De su generación, acaso sea el único que, salvo una novela en 1973, ha escrito exclusivamente teatro.

Se vive sobre varios planos y hay momentos en los que se vive en el mundo práctico, político, familiar. A veces se tiene la impresión de que todo es algo y luego se descubre que no, que se trataba sólo de ruidos y furor que desaparecen en el silencio. Yo lo he escrito todo en estado de malestar existencial y para expresar ese malestar. Jamás he creído que la política, por ejemplo, pueda resolver nada. En mi opinión la política es un divertimento, un divertimento trágico que no ha aportado nada a la humanidad, ni siquiera en el plano más simple, en la vida cotidiana. Al menos las cuartas quintas partes de la humanidad está en la miseria, en la desesperación, viviendo así, con odio, sufriendo hambre, injusticia. Ninguna actividad política o social ha logrado nunca dar una solución. Sí, excepto una novela, sólo he escrito teatro. Y ahora no sé si podré escribir sobre otra cosa que no sean mártires o creyentes. Voy a volver al lenguaje, de todas formas; yo destruí el lenguaje, la intriga en el teatro, porque era inútil, y mis personajes eran como apariencias, ilusiones. Tengo la impresión de que el mundo no es verdad, que es un juego de la divinidad, una farsa en la que Dios ha puesto al hombre. Eso quiere decir que tengo una esperanza, que no la he perdido completamente.

Durante mucho tiempo usted ha pensado que, puesto que es leído en todo el mundo la comunicación debe ser difícil, pero no imposible.

Sí, mucha gente me lee, he sido traducido a cuarenta lenguas y millares de espectadores van al teatro en todo el mundo; sin duda eso debe querer decir que mi angustia corresponde a la suya, que hay una comunicación. Creo que una parte de lo que quería decir lo he dicho y ha llegado a ser comprendido.

A lo mejor se trata de un malentendido.

Es muy posible. Se le han dado tantas y tan diversas significaciones a lo que he escrito… Y en gran parte lo que he escrito era justamente para designificar, pero se le han dado interpretaciones sociales, políticas… En el fondo toda mi literatura es un ejercicio de estilo hueco.

¿Se ha reído alguna vez de si mismo?

A veces me ha ocurrido, si, creo que eso se ve en mis obras, en las que no hay ironía sino humor, pues la ironía surge cuando uno se ríe de los demás y el humor cuando es de si mismo.

Debe consolar en algo, pensar que uno se toma tan en serio mientras el mundo sigue dando vueltas, impasible.

Sí, es cierto, eso consuela un poco, uno se despega de sí mismo. La literatura, el arte es la neurosis y la neurosis acaba convirtiéndose en un ejercicio de estilo.

Todo lo que se puede es alcanzar una cierta compasión hacia los otros, no hacerse sufrir mutuamente. Y también intentar que los que están en prisión sean liberados y que los refugiados de las dictaduras tengan un techo, y que todas las personas puedan al menos comer. Pero todo eso no resuelve el desasosiego existencial.


Artículo en versión pdf:
LaExistenciaComoEjercicioDeEstiloEugeneIonesco

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