Decálogo para la ciudad ideal (primera parte)

Desde el primer día, la gran caravana humanitaria sigue la línea del horizonte buscando erigir un lugar que la albergue. A veces templo, a veces infierno, la ciudad “nos funda” en cada amanecer.

¿Qué hemos hecho de ella? ¿Qué ha hecho ella de nosotros? Deseos, obsesiones, reclamos, ofrendas y afrentas matizan esta relación que se  engendra al pie de la montaña sagrada y misteriosa llamada El Avila, sobre la que se enfocó la mirada Don Alfredo Boulton para entregarnos el paisaje geográfico que nos habita, además de aquel paisaje arquitectónico que Carlos Raúl Villanueva construyese para que habitáramos la modernidad (El Silencio). Tutelados por esos íconos, arquitectos, poetas, editores, curadores, han aceptado compartir sus íntimos decálogos.


  1. El paisaje Caracas es un paisaje perimetral, el jardín gigantesco del mundo. Es una ciudad rota, su casco se extiende desde Catia hasta Petare. Tiene la fortuna continental de un frente marítimo en su lado anverso abierto hacia el Caribe. Desde Catia La Mar, el puerto de La Guaira, Naiguatá, Caraballeda, Anare hasta Los Caracas, ¡todo es Caracas!, lo que más asombra de tanta belleza es La Costanera, allí El Avila se hunde en el océano abismal. En su interior, el cañón del valle se extiende desde el Junquito hasta Guarenas. En su centro el archipiélago de las colinas del sur, flanquean la montaña mayor, allí se abren cinco pequeños valles y desde los altos mirandinos la gente, lamentablemente, se baja en la Plaza Venezuela.
  2. Los náufragos. En Caracas la cuestión es más de tiempos que de espacios. Las mareas de las épocas han subido y se han retirado dejando sobre la arena restos de lejanos naufragios: el General Páez (Esq. De La Marrón), el Colimodio (La Candelaria), Los Andes (Sabana Grande), el Maniatan (Esq. El Cují), El Galipán (Av. Fco. De Miranda), el Hotel Humboldt, el Club Táchira…, quedan a la deriva sin protección.
  3. Caribeña. Los planos inclinados del Country extienden la bucólica caribeña desde la montaña y presagian una situación ideal hasta las Colinas del Tamanaco, El Rosal y la Principal de Las Mercedes son las ventanas de la ciudad. Ojalá nunca penetren sobre los campos de golf.
  4. La calle mayor. La idea de la autopista como el recinto ajardinado de un paseo memorable construye un mecanismo de ordenación del territorio que podría saldar nuestra deuda con la historia, su afortunada disposición de piezas cerradas, desplazadas entre curvas sinuosas, puentes, viaductos y túneles que se extienden desde los boquerones hasta Guarenas, ha permitido implantar una estructura ciclópea y común a todo el cañón del valle, un escenario desencadenado hacia los pequeños valles de Coche y Caricuao, en fin, una espléndida terraza pública a la Caracas de siempre.
  5. La Marginalidad. El 23 es una urbe de márgenes signada por la intensidad de sus espacios paradójicos. Los barrios encarnan otra polis, compleja e infinita, configurando así una ciudad real y a la vez análoga. Una ciudad irrepetible e impenetrable. Una realidad política inaceptable, la expresión de la forma traumática en la que sin embargo florece la vida. “Es la imagen inevitable de una catástrofe”. Los barrios representan el híbrido de una desproporción extremadamente urbana, vertiginosamente constructiva, hecha de bloque sobre bloque. Es la construcción esperanzada que sin orden, los bloques formalizan inocentemente la mirada valiente , heroica y paternalista que nacía del Estado. Es la expresión “responsable” del gobierno sobre el espacio caraqueño.
  6. Su tiempo. La luz, la brisa, la vegetación y sobre todo las lluvias que en ocasiones nos atemorizan, son el clima de esta ciudad calurosa. Su mejor momento está en el amanecer. Desde las 5:10 hasta las 6:15 todo sucede. El valle recibe el milagro del sol naciente hacia el este. Al mediodía, tanta energía se paraliza. Ese es el momento obligatorio del descanso de la ciudad. Carolina Alcock guarda el secreto de ese descanso: los almuerzos caraqueños, a ella le debo los mejores almuerzos de mi vida. Junto a Jimy ( quien guarda el secreto de la mejor casa), montados en El Hatillo, alrededor de una mesa perfecta, he celebrado con discreción, el orden, la proporción y la medida ideal de ese momento.
  7. El corazón monumental. Desde el bloque 1 de El Silencio hasta Los Caobos se extiende el corazón monumental. La Plaza O’Leary funda la “Y” de la caraqueñidad. Sucre y San Marín se encuentran con la Bolívar.
  8. Lo moderno. Caracas es el sueño de Le Cortusier, desde la Terraza de Galia y Magali se ven todas las avionetas que retornan al atardecer. Sin embargo, a pesar de tantos deslumbramientos, Caracas está inconclusa, hace falta ver lejos, quererla de cerca, hacen falta las calles que anulan las distancias y las plazas serenas que calman la ansiedad. Hacen falta muchos jardines que den sombra y muchas fuentes que amortigüen con el agua, el sonido, el perfume y las esencias tanto calor.
  9. También los hombres son ciudades. La ciudad no está hecha solo de piedras ni de paisajes. Son los hombres los que otorgan el valor a las piedras y al paisaje. Hace falta convocar la amistad como en un tabernáculo y no cometer tantos errores. Son los caraqueños los que otorgan el valor a las cosas. La ciudad se pierde y se hace pequeñas por los amigos que se fueron.
  10. El silencio. Oswaldo se llevó el silencio. Desde su partida el ruido de la ciudad revienta mis oídos. Falta la voz andina, el tono de montaña que atenúa tanto calor. El ruido no deja ver, estalló como un muro de contención, los oídos también estallan y me duelen.

William Niño
Arquitecto


Las utopías no están ahí para realizarlas servilmente, sino para someter a discusión la posibilidad de lo difícil, pero ansiado, para fortalecer la fe en esa posibilidad.

Hermann Hese

  1. Que la ciudad formal y la informal se integren, finalmente, partícipes de la actividad económica y disfrute de la vida urbana.
  2. Que el lugar, la geografía, el paisaje, el clima y la cultura se integran a la arquitectura y al urbanismo y se expresen a través de ellos. Que se protejan, se limpien y se recuperen las quebradas y los ríos y que se transformen en el centro de una nueva división y organización del espacio urbano. Que se creen espacios para la contemplación de El Avila desde lugares apacibles. Que La Carlota se transforme en parque.
  3. Que se favorezca el interés colectivo sobre el interés particular, que la principal voz sea la de los ciudadanos y no, como es actualmente, la de los especuladores de la tierra. La ciudad es una empresa muy compleja, por lo que necesita el concurso de muchos, pero la responsabilidad mayor la deben tener los arquitectos y los urbanistas, que deben darle forma, para ello deberán lograr el respaldo de la comunidad. Se trata de que el gremio de los arquitectos, el Colegio y las Facultades se incorporen a la lucha activa a favor de la ciudad, en lugar de actuar como espectadores, o defensores de los inversionistas.
  4. Que los edificios abandonen su ridículo narcisismo actual y que se acepten como lo que deben de ser: partes que construyen una entidad mayor: la ciudad.
  5. Que se orienten las inversiones hacia las áreas urbanas que se hallan en peor estado y que carecen de valor patrimonial, en lugar de orientarlas hacia zonas sanas y valiosas. Que se revitalicen los ambientes urbanos y edificios que expresan la historia de la ciudad y que se eduque a la comunidad sobre esos valores.
  6. Que se privilegie la visión de largo plazo sobre la inmediata, que se garantice la continuidad de la acción en el tiempo y que se interrumpa el derroche de recursos en la improvisación.
  7. Que se abandone la zonificación basada en razones técnico-económicas estrechas, que ha demostrado su incapacidad para hacer ciudad y adopte una reglamentación basada en el diseño urbano, en la que convivan todas las actividades compatibles y que sea capaz de producir espacios públicos y edificios memorables.
  8. Que se privilegie el transporte público sobre el privado y al peatón sobre el vehículo y que sea posible recorrer toda la ciudad, a pie, en todas direcciones, a través de un sistema continuo de espacios dignos con el equipamiento urbano necesario.
  9. Que se eliminen las barreras discriminatorias en la ciudad, no a los centros comerciales, sí a las calles para todos.
  10. Que con todo esto se logre recuperar el orgullo del habitante por su ciudad.

Gorka Dorronsora
Arquitecto


Hace años asumí la costumbre de moverme por Caracas sin encender la radio, en silencio. Gracias al tránsito caraqueño dispongo de por lo menos dos horas de soledad al día, mis horas dispuestas para acercarme a lo espeso y a lo liviano. He empleado más de la mitad de mi vida en estas prácticas de monasterio portátil, y en ellas la ciudad ha sido objeto, de modo que mis poemas y mis ensayos están poblados por el escenario de mis días.

Caracas, es una ciudad fundamentalmente paradójica:

  1. El Avila le otorga un estatuto visual como de ciudad que espera una nevada, pero el calor puede ser agobiante.
  2. Sus habitantes creen vivir en una selva de concreto, pero los árboles crecen por todas partes como una plaga incontrolable.
  3. Cuando está clarísimo que el Metro de Caracas es una solución, pues al gobierno de turno se le ocurre suspender su crecimiento.
  4. Los mínimos terrenos baldíos en los márgenes de las autopistas, en vez de ofrecernos sosiego, nos inoculan una suerte de horror vacui que nos lleva a ocuparlos con piedritas, ladrillos, plantitas xerófilas y demás ornamentos ingenuos.
  5. Pasamos por la ciudad escondidos detrás de unos vidrios ahumados, como si a todos nos hubiese tomado el espíritu del policía, del sigiloso, en el fondo: el que no quiere ser visto, tampoco quiere ver.
  6. Queremos pasar, no queremos detenernos, pero nos quejamos amargamente de la ciudad inhumana.
  7. Somos ciegos, hemos perdido el olfato, y vamos en camino de perder el gusto, por eso añoramos el almuerzo parsimonioso y la siesta.
  8. Corremos, no somos ciudadanos.
  9. Caracas es la pared blanca que enmarca un cerro majestuoso, un símbolo, una frontera entre el mar y nosotros.
  10. Vemos el cerro, no vemos la ciudad. La relación entre lo que construimos y lo que es obra de la naturaleza, está lejos de haberse resuelto.

Rafael Arráiz Lucca
Poeta


  1. Amarás al Dios del lugar por sobre todas las cosas.
  2. No nombrarás Monumentos, Sitios Monumentales, Monumentos internos, Monumentos Escénicos ni Distritos Históricos en vano.
  3. Santificarás el lenguaje de la calle, de la plaza, del barrio y de la arquitectura urbana como fiestas.
  4. Honrarás, exaltarás, protegerás y restaurarás la Memoria Urbana y Arquitectónica.
  5. No demolerás el Patrimonio Monumental, retrasando la concesión de todo permiso de demolición de propiedades monumentales mediante procedimientos más complejos y sofisticados que permitan encontrar siempre la alternativa urbanamente correcta.
  6. Emprenderás planes que le garanticen un retorno a la inversión de los propietarios privados de bienes monumentales (6% se considera razonable) para disuadirlos definitivamente de sólo querer fornicar con la tierra.
  7. No despreciarás el valor de los Derechos de Aire (Air Rights) de las estructuras históricas en peligro, y las cuantificarás muy claramente para venderlas a los sitios donde la densidad sea inocua o incluso necesaria.
  8. No tasarás impuestos o los rebajarás, como un incentivo para que se desarrollen inteligentes proyectos de renovación en las parcelas con estructuras antiguas.
  9. No consentirás los pensamientos ni deseos impuros de ningún propietario privado, y encontrarás nuevos e idóneos compradores para las propiedades monumentales, en cuyo defecto las adquirirás en un porcentaje adecuado y en última instancia las comprarás en su totalidad.
  10. No codiciarás los fondos que tengas disponibles y los usarás para detener el deterioro de las memorias estructuras, ayudando a su rehabilitación y finalmente reincorporándolas triunfalmente a la vida urbana.

(Basado en la llamada “Ley Bard” o Ley de protección de Monumentos Históricos, vigente hoy en día desde 1961 en el Estado de Nueva York)

Hannia Gómez
Arquitecto


A menudo soñamos los venezolanos con tener aquí lo que hemos visto y admirado fuera. Muy a menudo – demasiado a menudo – concebimos el progreso y la modernidad como una serie de obras suntuosas: el teleférico más grande del mundo, el hotel rascacielos temerariamente colocado en la cima de la montaña, el túnel más largo del planeta, etc. Que estas obras estén rodeadas de miseria, es sólo un detalle estético que podremos resolver luego, en ese futuro de América que imaginamos glorioso y perfecto. Sin embargo, cuando se me pide escribir un decálogo para Caracas, no logro encontrar tarea más urgente que la cotidiana, los detalles, las pequeñas obras.

  1. Una ciudad sin miedo: Cuán feliz sería la ciudad donde la vida –me refiero a la vida cotidiana, la única que realmente tenemos- no estuviera constantemente signada por el miedo. Donde el hombre que se acerca a nosotros (sobre todo en la noche) no fuera inmediatamente e instintivamente percibido como un agresor potencial. Una ciudad con noches.
  2. Una sola ciudad: una ciudad que fuera la misma (sin ser uniforme), de un extremo al otro del valle, sin esa barrera de incomprensión y de odios que separa el Este del Oeste. Petare de Altamira, El Placer de Baruta. Una Ciudad compartida.
  3. Una ciudad con memoria: donde cada calle, cada esquina o iglesia, convoque la memoria de quienes han vivido en ella y han hecho en ella una obra. Donde cada generación no se sienta obligada a demolerla cada veinte años. Donde la piedra, el cemento y la tierra conserven la huella del otro, y en la memoria de cada ciudadano se palpe el sentido de pertenencia, de profunda unión con el paisaje y la historia.
  4. Una ciudad con más opciones de estudio, trabajo y recreación: no necesitamos la universidad más grande del mundo, sólo una que funcione dignamente. No necesitamos un acelerador nuclear, sino escuelas técnicas donde aprender la carpintería, la plomería, la electricidad…
  5. Una ciudad más verde: donde la sombra no sea sinónimo de riqueza, sino de placer compartido. Arborizar, ¡qué gran y moderna, y gloriosa, y bolivariana tarea!
  6. Una ciudad para caminantes: sueño, soñamos muchos, con una ciudad donde pueda reencontrarse el placer sencillo de caminar. Sin miedo, sin esa especie de gimnasia que debemos hacer para esquivar huecos y carros mal estacionados, aceras que se estrechan hasta desaparecer, basureros eternos.
  7. Una ciudad con servicios confiables: donde el agua llegue cotidianamente, y a toda la ciudad. Donde no tengamos que ver, en los barrios pobres, el bochornoso espectáculo de niños cargando latas de agua para cocinar o lavar su ropa. Donde las colas para tomar un autobús no recuerden las imágenes de guerra o hambrunas africanas.
  8. Una ciudad limpia: ¿Puede existir tarea más importante, cotidiana, moderna, gloriosa, compleja y urgente que la de lograr una ciudad limpia?
  9. Una ciudad sin odio racial: si bien es cierto que Venezuela es tal vez uno de los países menos racistas que he conocido (quién lo dude que visite los Estados Unidos o Cuba), el odio racial está creciendo, y la política populista e irresponsable no deja de tener gran parte de la culpa. Cotidiana debe ser la lucha por conservar uno de los más importantes aportes americanos, el mestizaje y su imposible odio de la raza.
  10. Una ciudad sin vergüenza: ¿Cómo ver sin vergüenza las bandas de niños abandonados que duermen, viven y mueren en las calles de Caracas? Tarea cotidiana, y dura, que nos espera, que nos interpela, que debemos emprender, más allá de las lágrimas públicas, de los discursos, de los gestos aislados.

Diez teleféricos más, una telaraña de trenes, una red de autopistas, un hotel a tres mil metros bajo el agua, no acabarán con la miseria cotidiana. Lo que necesitamos, lo que puede hacernos crecer, no es otra cosa que una multitud de tareas pequeñas, cotidianas, de poco brillo: caminar, dormir, estudiar, trabajar y recrearnos, con un mínimo de tranquilidad, de paz social.

 

Ariel Jiménez


Artículo en versión pdf:
DecalogoParaLaCiudadIdeal

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