El mejor teatro es el teatro lleno

El Festival de Teatro de Caracas, por ser creado por la Alcaldía, ha recibido respuestas de grupos en pro y en contra, opiniones y actitudes propias del clima político en el cual estamos viviendo.

He dicho con respecto a la relación que ha tenido el teatro venezolano con el Estado y sus gobiernos, que estos últimos han sido muy mezquinos con esta disciplina artística. Eso se hace evidente en los presupuestos de la nación en años pasados y aun ahora. Las cosas que se han logrado en función de un desarrollo cultural artístico, a nivel estatal y nacional, fueron gracias a la iniciativa de ciertas y determinadas personas que aman el arte y que, al tener acceso a un área de poder, empezaron a trabajar rápidamente por alcanzar algunas metas ya que su permanencia en el cargo es limitada, solo por un período de tiempo. Hay muchos ejemplos de ello, casos relacionados con la creación de institutos o instituciones privadas o del Estado que lo ratifican. Estemos de acuerdo o no, el ejemplo más claro de este fenómeno es el del maestro José Antonio Abreu, quien tenía la formación, la experiencia, los contactos y el criterio para saber que, en esta estructura de Estado, “la cultura” no contaba. Por eso propuso sus proyectos a los ministerios de economía, juventud, al congreso o asamblea, a la empresa privada, y también consiguió el apoyo internacional. El otro ejemplo fue Carlos Giménez, amigo y director del grupo “Rajatablas”. Él cambió el concepto de producción y de relación con el Estado y la empresa privada, desmitificando esa relación, siempre vista como un pecado. Estos creadores actuaron de esa manera porque se dieron cuenta que en nuestro país la cultura de arte es interesante pero no importante. Ante esa realidad de precariedad de criterios, tenían la conciencia de que a quien le interesaba el desarrollo de sus ideas creativas era a ellos mismos y a la gente que los acompañaba, por tanto, para lograr sus metas artísticas en un contexto social como el nuestro, había que recurrir al ingenio

Los grupos que hoy intentan trabajar de manera continua, siguen estos ejemplos y otros, porque tienen claro que, en nuestro contexto, aun habiéndose modificado tanto en comparación a hace unos 30 años y a pesar del esfuerzo de los artistas del teatro por defender sus derechos como trabajadores, no son muchos los cambios del panorama cultural. Sin embargo, podemos mencionar algunas iniciativas que se ha desarrollado como AVEPROTE, y en los últimos 20 años Solución Cultura, Uneteatros y la Red Nacional de Teatro y Circo de Venezuela, de las cuales fui uno de sus fundadores.

Muchas veces he dicho que el teatro en Venezuela siempre ha estado en crisis pues, desde los inicios de nuestra historia como país, desde en 1811, no hay indicios de que el teatro sea tomado como un valor importante. Se puede hablar de obras físicas, como las que en el siglo XIX desarrolló Guzmán Blanco, como modernizador del Estado venezolano, quien, con su plan de urbanismo, aspiraba tener una Caracas parecida a Paris. Por eso manda a construir el Teatro Municipal, al que por cierto le puso su nombre, y que es el segundo teatro más antiguo de Latinoamérica. Guzmán Blanco lo hace para disfrutar del espectáculo, de la ópera; de hecho, fue prevista la inauguración con una ópera de Verdi “El trovador”, presentada por una compañía italiana. Por su parte, Cipriano Castro manda a construir el Teatro Nacional en 1905, y los gobiernos andinos de Gómez, López Contreras e Isaías Medina, inaugurando un período próspero en el que el país se enriquecía gracia a la renta petrolera, y quizás por su formación militar, se dispusieron también a apoyar las distintas manifestaciones del folklor. Igualmente está el caso contradictorio de Pérez Jiménez, la dictadura que construye la Ciudad Universitaria de Caracas; y por otro lado Luis Herrera Campíns, hombre que amaba la pintura y la música, quien inaugura el Teatro Teresa Carreño en 1983.

Durante los últimos años del siglo pasado, hemos vivido los momentos oscuros como el viernes negro de 1983, el Caracazo, la crisis bancaria del 94, los gobiernos de Velázquez y Caldera que hacen 4 reducciones de salario, las intentonas de golpe, y también los luminosos momentos de “estabilidad” económica o abundancia de dinero que viene desde 1945, pero que sobre todo tiene un auge en los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y U.R. Chávez Frías.

En los últimos 60 años los gobiernos crearon el INCIBA, el CONAC, el IAEM, anunciados como paradigma de una revolución cultural pero que, al llegar a la instancia de poder a nivel de Congreso o Asamblea, aun contando con los recursos necesarios, no son aprobados porque implican una cantidad elevada de dinero a invertir. ¿La excusa?: Hay otras prioridades más urgentes en educación y salud. También bloquearon la creación del Ministerio para la Cultura y lo fusionaron con el Ministerio de Educación; contradictoriamente lo eliminaron y luego lo volvieron a crear.

En estos vaivenes políticos, económicos, sociales, donde no parece haber criterio ni respuesta a la pregunta de ¿hacia dónde va el país?, entre aciertos y desaciertos, nos queda claro que la cultura de arte es asumida como algo no indispensable. Por supuesto, hay algunos ejemplos que contradicen lo que digo, como la creación del IUDET, IUDANZA y su evolución en la UNEARTE que profesionaliza las disciplinas artísticas a nivel universitario, las Compañías regionales de teatro, la Escuela de Artes de la UCV, proyectos experimentales de escuelas o liceos-arte, los momentos de subsidios, las becas a nivel nacional e internacional, el sistema nacional de cultura, la creación de orquestas, museos y otros tantos que se me escapan. Sin embargo, en todos estos casos también está presente la inconsciencia, la falta de continuidad, la inconstancia, la impermanencia de los planes y proyectos culturales en el tiempo. Basta con ver el caso de UNEARTE, lo que fue y lo que es hoy. Esta actitud ha impedido la construcción de la pata que le ha faltado a la mesa que constituye el Estado, sin la cual es imposible configurar un concepto más completo de país, porque la cultura de arte es sin duda el alimento para el alma de sus ciudadanos.

Según nuestra última constitución, yo, como persona que nace y vive en este país, soy Estado, es decir, entre otras cosas, yo también soy responsable de la construcción del país, de mí depende, y tengo el poder de promover los cambios necesarios. Tomando el deber ser como fin, hicimos el esfuerzo por crear instituciones (algunas de las antes mencionadas) que manifestaran y propusieran soluciones y salidas para que la tarea artística y quien la ejerce tenga una mejor calidad de vida. La creación de esas instituciones no fue fácil, pues nosotros como artistas, golpeados durante tanto el tiempo, somos escépticos ante propuestas de logros y cambios de nuestra condición profesional y de vida, algunas veces somos nuestros propios enemigos delante de algo mejor. Esta es una debilidad que acentúa el problema. Por años la conducta de mucha gente dedicada a lo artístico ha sido valerse del contacto, la conexión, compromiso por amistad o por deudas de favores con alguien que está en un puesto de poder económico o político, para conseguir algún beneficio que aquel pueda otorgarle. ¿Esto es malo?, no. El problema surge cuando se beneficia a una persona, excluyendo a los otros que hacen lo mismo o mucho más. Esto trae resquemores y rencores que desunen al sector artístico. Naturalmente, esto es propio de un ambiente tomado por la precariedad y, si no me equivoco, ocurriría en cualquier contexto humano donde hay poco que dar y son muchas las necesidades o muchos los que solicitan recursos.

Afortunadamente esa situación de desacuerdo y desunión dentro del gremio artístico en los últimos 18 años ha cambiado, las nuevas generaciones lo afrontan de una manera diferente. Esto es palpable en las relaciones entre artistas o grupos, hay más intercambio y solidaridad, se buscan nuevas maneras de lograr un producto creativo. Sin embargo, creo que, a nuestro llamado sector teatral, antes y ahora, le ha faltado el empeño constante para que la relación, como conjunto, cambie frente al Estado. Esto es comprensible que pase, somos parte del contexto histórico que ya he descrito; no es cuestión de culpas, es cuestión de responsabilidades.

Para explicar mejor lo que sucede voy a mencionar otro ejemplo, el de mis colegas de la Universidad Pedagógica Libertador de Caracas. Fui profesor allí 33 años en el departamento de educación especial, en unas materias que trabajaban sobre el cuerpo, como: expresión corporal, psicomotricidad, reeducación psicomotriz o educación corporal. Conocí mucho a los profesores de Educación Física quienes, por trabajar con el cuerpo en el ambiente pedagógico, fueron subestimados. En aquel momento se decían cosas como “son puro músculo”, es decir, que no tenía cerebro (dentro del ambiente artístico, algo así dicen también de las personas que estudian danza). Estos profesores tomaron conciencia de su problema e hicieron estrategias en el tiempo para cambiar su situación. Pasaron de tener un solo escritorio arrimados en una oficina de educación básica en la Zona Educativa de Caracas a tener una oficina, después en el Ministerio de Educación “La dirección de educación física”, un piso completo en el Pedagógico de Caracas, luego en la UPEL un departamento, y después el Ministerio del deporte. Hoy es la disciplina educativa que tiene más infraestructura física a nivel nacional. Esto es lo que yo llamo conciencia de clase, empeño y constancia al enfrentar el problema y cambiar una situación.

Hay excepciones en el arte, como el gremio del cine. Hicieron sus asociaciones, se concientizó el problema, olvidaron diferencias y complejos, y se metieron en el problema legal y político para lograr su Ley de cine. En el área teatral hay colegas que se metieron en esto de dejar complejos y crearon anteproyectos de ley para el teatro a nivel nacional o estadal, como son: Herman Lejter, el más viejo y ejemplarizante, y de las nuevas generaciones, Ramón Domingo Valdez con Uneteatros y William Escalante.

También se lucha desde los grupos con una actitud de permanencia y la terquedad de hacer en cualquier circunstancia el arte teatral. Una gran actriz de teatro de los años 60 y 70 decía que “El mejor teatro es el teatro lleno”, creo que este es el deseo de todo intérprete teatral. Por eso, en este estrecho margen de posibilidades de acción en la cual se encuentra el teatro venezolano continuamente, cuando se abre una puerta con oportunidades de trabajo y la posibilidad de exponer una obra, probablemente con teatro lleno, como en el caso del Festival Internacional de Teatro de Caracas, hay que aprovechar la oportunidad. Ese es “el deber ser” de la acción del Estado con respecto al teatro, y hay que responder a ello, aun sabiendo que este es otro acto efímero e inconsistente.

¡Que viva el teatro!

Guillermo Díaz Yuma


Artículo en versión pdf:
ElMejorTeatroEsElTeatroLleno

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