Lo Ineludible

Textos escritos por el elenco durante la celebración de los 40 años del TET (2013)

Hay temas que le rondan a uno en la cabeza desde siempre y pareciera que uno estuviera viviendo para esclarecer o darle forma y contenido a esos temas. A veces pienso que, no importa cuánto se viva, hay cosas que simplemente nunca lograremos saber del todo.

Cuando era pequeña –y todavía en estos días-, había una discusión recurrente entre mi mamá y mi papá que se repetía de vez en cuando en la mesa durante la cena y que tenía que ver con el tema de “El destino”. Mi mamá sostenía (y aún sostiene) que el destino estaba signado y que, no importaba cuánto hicieras o dejaras de hacer, “lo que era del cura, iba para la iglesia”. Mi papá, en cambio, siempre desarrollaba un discurso muy elocuente en torno a cómo el destino se lo iba forjando uno con las acciones y decisiones que tomaba. Esta diatriba me ha acompañado desde entonces y recuerdo haberme visto en situaciones de la vida en las que le he dado la razón definitiva y absoluta a mi mamá, y otras, en las que he sentido la certeza irreductible de que mi papá era el acertado.

Otro tema que he alcanzado a reconocer que me obsesiona, es el tema del amor. He comprado y pedido prestado cuanto libro exista o esté a mi alcance que indague seriamente en este tema, buscando -supongo yo- alguna clave que me permita entender racionalmente qué lo signa y lo determina. Sospecho que esta obsesión tiene que ver con la falsa idea de que, entendiendo teóricamente el tema, podré adquirir cierta maestría que me permita distanciarme y tener control sobre él… Es un grave error, lo sé, así que no nos detengamos en esto…

Para hablar del TET y de cómo llegué a él –o él me encontró, he ahí el dilema-, consideré importante mencionar estos temas porque son la lupa con la que casi siempre veo las cosas y con la que, en efecto, veo mi cruce en el camino con este grupo.

Cuando Yuma nos escribió pidiendo que habláramos de alguna anécdota por el aniversario del grupo, no me vino a la cabeza una en especial, sino otras dos cosas: 1. Una especie de ironía: “si Yuma supiera que llegué al TET por un despecho”; y 2. Una imagen: yo bajando las escaleras que están dentro de la oficina del teatro. No sé si era la primera vez que entraba ahí, pero recuerdo lo que pensé: “Qué lugar tan callado…”, en tono de queja, sí. También pensé que las personas que estaban en el teatro tenían un aspecto angustioso. Fueron las dos primeras impresiones que tuve en vivo y directo del lugar. Antes de eso, años atrás, había escuchado hablar de cómo el TET era uno de los mejores grupos del país y había visto varias de sus obras; sin embargo, no tenía pensado ni remotamente estudiar ahí ni había en mi pecho un halo de la inquietud que se generaría después por entrar en contacto con ellos. Creo que mi relación inicial con este grupo fue como la que se tiene con un hombre que has visto por ahí y del que te hablan en distintas ocasiones, que a su manera te atrae, te coquetea, pero al que no terminas de ver a la cara porque te parece pesado, un poco pretencioso y hasta innecesario. Hasta que un día… Se te revela lo profundo. Ese día ocurrió cuando hice, por casualidad (mi mamá diría por destino), las luces de un ensayo de la muestra del segundo año  del taller de formación con “De la mano de Dostoievski”. Si no hubiese hecho esas luces, no hubiese visto esa muestra porque justo el único fin de semana que la hicieron (17 de diciembre, recuerdo), fui a ser la madrina de boda de una amiga en San Cristóbal. Cuando vi ese ensayo, me enamoré. Sentí que alguien me hablaba y que una YO que tenía por dentro había descubierto un lugar en el que podría hablar realmente, usar su voz (resulta paradójico, si tomamos en cuenta lo insólitamente silencioso que me parecía ese espacio). Es como si en ese momento me hubieran estado hablando únicamente a mí, en mi idioma y desde una parte de mi propio cuerpo. En otras palabras: ocurrió el amor y con él la decisión muy determinante de que estaría en ese grupo, diciendo unos textos así y actuando con esas personas. Quiero dejar claro que esa determinación (signada por la certeza de la vocación), la he sentido, en 31 años que tengo, 3 veces.

Si me guío por esta anécdota, podría llegar a algunas conclusiones para la vida: 1. No conocemos nuestro destino, él puede llegarte por la espalda y tocarte el hombro y ya no habrá nada que puedas hacer. 2. El amor haya sus caminos y 3. Uno decide su destino si, y solo si, hay certeza. En el TET se me unieron esas tres nociones que se resumen en una: lo ineludible, que en mi caso, junto al los temas del destino y del amor, es el Teatro.

Isaac Chocrón le habló a uno de mis profesores de teatro de la “familia heredada” y la “familia adquirida”. La  diferencia entre la primera y la segunda, es que a la segunda podías elegirla, la decidías. Veo los últimos 10 años de mi vida -que son una cuarta parte de los años del TET-, y lo que puedo decir es que ahora sé un poco más cuánto vale una decisión. Espero, y estoy casi por completo convencida, de que la vitalidad que he sentido  junto a mis compañeros estando al timón de este más reciente y nuevo viaje del grupo, si llega a manifestarse en otros aspectos de mi vida, será señal suficiente de que voy bien. La plenitud no está en lo que se abarca, sino en lo que se profundiza, y en ese ensayo en el que me tocó estar, fue eso lo que vi: profundidad esculpida a pulso; plenitud garantizada. Ya, menos que eso, nada.

Gracias al Baco burlón. Feliz cumpleaños TET.

Mónica Quintero

Fotografía: Fraca Franchi

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